Lenta y Bella Eternidad
Un segundo, un minuto, una hora... el tiempo pasa tan rápido que es aterrador. Parpadeo para encontrarme con su sonrisa y sonrío para sentir su mano en mi mejilla, trago fuerte anhelando su cercanía, deseando tener sus labios sobre los míos... pero el tiempo pasa rápido, pues ya no es él quien me besa, sino un chico totalmente diferente, un chico al que no puedo amar por más que lo intente, un chico con el que mi tiempo se ralentiza al punto de sentir que pronto se detendrá. Esa hora pasa a ser un minuto, ese minuto un segundo, y tal segundo una lenta eternidad.
—Sam, ¿sigues allí?, ¿me estás escuchando? —Pregunta con un aire preocupado que no puedo ignorar, pero que tampoco me interesa. De repente el tiempo toma su curso, la música vuelve a sonar, mi cuerpo no se siente pesado y mi mirada se enfoca en la persona frente a mí, aquel que imaginé diferente y por quien ahora no puedo más que sentirme culpable. Sin embargo, sonrío, pretendiendo ser un simple chico que se ha distraído pensando en lo atractivo que es la persona en frente suyo. Lástima para él que no sea así.
—Por supuesto, desde el primer instante. —Hay simpleza en mi voz mientras maldigo mi capacidad innata para mentir y aborrezco no poder dejar de hacerlo; ¿a quién engaño?, nada gano con saber mentir a todo el mundo menos a mi mismo, lo único que hago es perder el tiempo esperando que mis mentiras lleguen a mi persona antes que a los demás—. Sabrás que me interesa mucho el tema de los trastornos mentales pero... ¿podríamos bailar?
El chico se endereza levemente con una expresión confundida, eso hasta que logra captar la señal y se levanta de la silla extendiendo su mano frente a mi. Sin palabras, sin tanto decoro, con nada más que una mirada y un asentimiento, salgo a la pista tomando su mano. Los cuerpos acalorados y sudorosos que se mueven a nuestro alrededor no me logran impresionar, su mano en mi cintura no me logra dar calor, al igual que su voz en mi oreja susurrando lo mucho que le atraigo no logra nublar mis sentidos. Es inútil, no sirve de nada.
Sin pretender ofender más de lo que lo he hecho hasta ahora, me separo un poco de su persona y observo directamente sus bonitos ojos color avellana mientras sonrío enternecido tragando las ganas de gritarle lo mucho que lo odio, no a él, sino a toda esta situación que me lleva al borde cada día y a la estúpida necesidad humana de querer sentir...
—Ha sido una noche increíble hasta ahora pero, debo irme.
Suelto su mano y camino en dirección a la salida lo más rápido que la masa de gente, el ruido y los diversos olores en el ambiente me lo permiten. El aire helado golpea contra mi rostro una vez el descontrol del bar queda atrás, y es ahí cuando me doy cuenta de que he dejado mi saco en la pequeña mesa de la esquina, junto a mi copa de coñac. Nada podría ir peor, pero sin duda no podría importarme menos. Camino con paso lento por aquella avenida solitaria en la que solo mis pensamientos y recuerdos se materializan para hacerme compañía.
Con mi cuerpo temblando, con la dificultad de dar cada paso por el sendero cristalizado y con el humo gélido saliendo de mi boca, es curioso mencionar que dichos recuerdos se sientan tan cálidos; no deseo librarme de ellos ahora, de ninguno: Aquel donde su voz grave canta leve al ritmo de unos dedos que le dan la señal a su guitarra acústica de reproducir una dulce melodía, mientras mi persona escucha deseando permanecer para siempre en dicho lugar, con una manta tamaño gigante que cubre el cuerpo de ambos y una taza de chocolate caliente que le da el toque perfecto a dicha escena de ensueño. O aquel otro que pasa frente a mis ojos mientras sigo caminando, donde una venda es despojada de mi rostro para dar paso a una vista increíble de toda la ciudad en pleno anochecer, y unos brazos que me rodean por detrás para susurrar en mi oído lo único y especial que soy, tanto como lo son un anochecer o un amanecer ante el ojo humano.
Y por supuesto, aquel momento que dio comienzo a todo no puede faltar en esta noche helada, ese en donde mi carácter me jugó una mala pasada y provocó que dicha persona se llevara un buen golpe en el rostro por solo haber confesado su amor por mi; lo mucho que mi vaga existencia llenaba la suya. Para el mundo, una situación demasiado absurda para ser real: para mí, la realidad en su máximo esplendor. Mi rostro duele por las lágrimas que se cristalizan sobre mis mejillas, dejando marcas rojas cada vez que las borro; ya ni siquiera puedo seguir caminando porque no siento mis pasos, o hablar porque mi voz se congela al salir de mi boca, además de que no queda nada en mi alma vacía, nada más que el recuerdo de un amor que nunca supe cuidar. A pesar de ello, supongo que los malos hábitos no se olvidan, porque siempre me juré no pasar por esta calle de nuevo, y hace más de diez años no lo hacía, pero aquí estoy, repitiendo de nuevo los mismos errores. Mi intención es retroceder y tomar otra ruta, pues escapar siempre es más fácil que enfrentar la realidad, pero él nunca me permitió escapar, justo como ahora.
Unos pasos resuenan en la lejanía, los únicos pasos además de los míos en esta desolada carretera, pasos fuertes y decididos, pasos que me dejan fuera de lugar porque cada vez se acercan más. Mi mirada se enfoca entonces en una sombra oscura caminando hacia mí, pero no logro identificar quién es; mi instinto me grita que me aleje, que podría ser un asesino o algo peor, un monstruo creado por mi mente traidora, pero mi cuerpo no reacciona, no puedo moverme. Un minuto, cinco minutos, diez minutos, ese es el tiempo que le toma a aquel chico acercarse lo suficiente como para ver su rostro y quedar estupefacto, sin habla y por poco, sin razón. Si no me conociera diría que solo es un recuerdo más, uno muy detallado de su persona; podría perfectamente mentirme y repetir eso, dar la vuelta e irme, pero no quiero, ni puedo. Está aquí, es él y es tan real como alguna vez lo fue hace diez años.
Sus botas de cuero negras se detienen frente a mí dejando un rastro de sus huellas atrás, tan pasajeras como el tiempo, con su cuerpo alto y esbelto cubierto por una gruesa gabardina negra sobre su ropa, que al parecer, cubre lo suficiente, además de una bufanda roja a cuadros que alguna vez estuvo dentro de una bolsa de regalo por su cumpleaños número veinticinco, entregada por mi. Y su rostro, aquel compuesto por unos ojos color cielo que siempre me recordaban lo bonito que se sentía vivir enamorado; incluso después de sentirme tan vacío; incluso en la oscuridad, esos ojos siempre estuvieron allí.
Su expresión es neutra, no parece sorprendido ni mucho menos asustado, al contrario, parece tranquilo; tan liviano que ni siquiera parece sentir el frío congelar sus largas pestañas oscuras. Sin pensarlo un segundo, sus manos cubiertas por guantes de lana se disponen a retirar la gabardina y, en cuestión de tres pasos, está muy cerca, tanto que mi respiración se corta y mi corazón no deja de latir. Coloca la tela sobre mis hombros cubriendo con su calor mi cuerpo tembloroso y una corriente me hace estremecer, pero no es el viento helado, son mis emociones enloquecidas haciendo mella en mi sistema, lo sé, no pienso mentir. Lo segundo que retira es su bufanda, la cual enrolla con cuidado alrededor de mi cuello, y por último, sus guantes, los cuales pone en mis manos con más delicadeza de la que puedo soportar. Mi corazón tiembla al sentir su toque; ver sus nudillos enrojecer a causa del clima helado debería hacerme entrar en razón y prohibirle que continúe, pero la sensación de su calor es más fuerte; el deseo de sentirlo sólo un poco más, aunque solo sea un sueño, es arrasador.
Por fin, y como si estuviera destinado a pasar, mi mirada se levanta, encontrando sus ojos cristalinos, sus mejillas y nariz roja, sus labios temblorosos y su cabello canoso por la nieve que ha empezado a caer sobre nuestras cabezas. Mi mente entonces entra en caos, ¡no puede ser él!, grita mi yo interior, pero mis manos temblantes, esas que se atreven a moverse por sí mismas, tocan su mejilla haciendo posible lo imposible y alejándose como si quemara. De pronto mi mente se da cuenta, mi cuerpo se resigna, y mi corazón estalla en lágrimas.
Su cuerpo me abraza con fuerza, como si deseara no soltarme nunca más, o como si creyera que tampoco soy real y quisiera confirmarlo. Por la razón que sea, no importa, solo importa el hecho de que ambos estamos aquí, unidos, compartiendo nuestro calor y no deseando soltar al otro, por nada del mundo. Un segundo, tal vez cinco o diez pasan con premura, y aún soltando lágrimas a diestra y siniestra, decido romper el abrazo para mirar de nuevo esos trozos de cielo, sin atreverme a hablar ni saber qué decir. Como es típico en su persona, basta con verme para deducir mi encrucijada mental, y a mi me basta con una sonrisa suya para saber que será el primero en hablar.
—Pensé que te irías, como aquella vez. —Su voz se escucha como un susurro activando todas mis alarmas, sintiendo el mundo desaparecer y llevándome a preguntar cómo es que siempre logra eso cuando ni siquiera tiene la intención. Une su frente con la mía y su aliento helado con olor a chicle de menta me hace sonreír, sin siquiera entender el motivo.
—¿Me dejarías ir si lo hiciera de nuevo?. —Una pregunta que, estoy casi seguro, si no fuera por la cercanía jamás habría escuchado. Sus manos acunan mi rostro limpiando mis lágrimas y sin aviso sus labios tibios a pesar del clima helado besan mi nariz, provocando de nuevo esa corriente que, por segunda vez, no se debe al viento de invierno.
—Jamás, nunca de nuevo. —Solo esa respuesta honesta y demandante, acompañada de dicha mirada decidida a no dejarme ir, fueron suficiente para mí y mi deseo de responder:
—Me he mentido todos estos años, pero ya no lo haré más... —Las palabras se atoran en mi garganta; sé que se congelan, tal como el tiempo y mis lágrimas, y no puedo sacarlas, pero debo hacerlo, tengo que hacerlo, porque ya es el momento— ...porque te amo.
Diez años de mentiras son descubiertas y un corazón roto es reparado en solo un segundo con un beso que sella la verdad de mis palabras y acciones. El tiempo entonces pasa rápido de nuevo: un segundo de felicidad, un minuto de recuerdos, una hora de fantasía, una semana de cambios... y por qué no, una lenta y bella eternidad.
Vabríil.
Comentarios
Publicar un comentario