Niñas sombra y arcoiris
El sentido común de las personas se limita a pensar que, entre más dividido se encuentra el mundo, más unificados deben estar nuestros corazones. Sin embargo, existen personas en el mundo que no entienden dicho concepto, pues creen con total seguridad que su mente es su propia división; sin su mente podrían vivir en paz, en unión y amor con el mundo dividido que les rodea y lograr así esa unificación de los corazones de la que hablan, pero eso no es posible para personas como Niso, quienes solo quieren una vida más justa y llena de corazones unificados, no de mentes rotas, dolidas y perversas. Esas y muchas cosas más, para nada filosóficas, pero en exceso cuestionables, se plantea la pequeña niña camino a casa al terminar la escuela.
Su barrio es casi una vereda triste y desolada, como ella. El cemento gris de las calles y el acero casi oxidado de las tuberías son la representación de su mente y corazón; el olor a petricor por la lluvia de hace unos minutos es tan bueno como tóxico, pues está cansada de siempre oler lo mismo en el ambiente aunque ame la lluvia. Su mirada ensombrecida se levanta hacia el cielo en busca de un sol inexistente cuya presencia es reemplazada con las mismas nubes oscuras y melancólicas de siempre. Sus pasos lentos no se hacen escuchar a no ser que pise uno que otro charco en el suelo y sus pisadas se pierdan con su propia existencia en el mundo paralelo de sus pensamientos.
Aprieta con fuerza las correas de su mochila al escuchar a la distancia las risas de unos cuantos demonios llamados compañeros de los que huye cada vez que tiene la oportunidad, evitando ser consumida aún más por su oscuridad. Sin embargo, su huida se ve restringida por un pequeño tropiezo que provoca su caída y la humedad en sus ropas. Su blanca piel de las rodillas enrojece por la sangre que las colorea y Niso observa maravillada el color de la sangre, el hermoso rojo intenso que llena sus iris con fascinación, pues es el único color que, aunque siempre le causa dolor, mantiene la esperanza en su corazón. Las risas demoníacas vuelven a traerla de vuelta al frío y húmedo suelo, y al levantar la mirada es capaz de ver a dichos demonios a lo lejos, buscando encontrarla. Se levanta ignorando el ardor que provocan sus heridas y corre en dirección a lo que podría ser su hogar si tan solo mamá y papá no estuvieran allí.
Libera intensos jadeos de agotamiento que la obligan a apoyar sus manos en sus rodillas para descansar, olvidando y recordando de forma inmediata que éstas se encuentran heridas y cubiertas de sangre fresca. Observa sus palmas también cubiertas de rojo y sonríe; deseaba ser de ese color siempre, pues el rojo era mucho mejor que el gris. Niso camina el corto trayecto hacia su casa, atravesando su jardín muerto y abriendo la puerta para encontrarse con… nada, absolutamente nada. Cierra la puerta tras de sí y lanza su mochila al suelo con la intención de ir a la cocina para buscar algo de comer, pues su estómago ruge con intensidad, pero frena en seco al ver a su madre de pie en el umbral de la misma, esperando, y no por ella.
La mujer que la observa es, al igual que aquellos demonios que la perseguían antes, un ser sobrenatural y maligno, traído a la tierra con el único propósito de hacerle daño. Su madre la observa de pies a cabeza, viendo sus rodillas temblorosas bañadas en sangre al igual que sus manos y sus ropas mojadas. De forma casi inmediata, una mueca de asco y rechazo se instala en su rostro casi deforme por la maldad y decide ignorar a la pequeña de forma olímpica, pasando por su lado mientras se asegura de no tocar su cuerpo en el proceso. Niso se queda de pie unos segundos más sin siquiera parpadear, hasta que el rugir de su estómago la impulsa a moverse directo hacia la nevera, sacar una única manzana buena de entre muchas cosas en estado de putrefacción además de una botella de agua y cerrar la nevera de nuevo con total delicadeza, evitando que ésta haga algún ruido innecesario. Toma su mochila y sube las escaleras directo a su habitación justo al fondo del pasillo, abriendo la puerta y cerrándola con seguro al instante.
Luego de una respiración profunda, deja la mochila sobre la cama y se sienta junto a la ventana dispuesta a comer su manzana cuyo rastro de mordida deja en evidencia a un pequeño gusano, demostrando que aquella manzana se encontraba igual que ella, a punto de descomponerse. Toma al pequeño invertebrado con sus manos delgadas y lo deja sobre el marco de la ventana mientras observa cómo se arrastra lejos. Luego le da una mirada a la manzana y la lanza al cesto de basura cerca de su escritorio, bebiendo el agua de la botella como último recurso para saciar su hambre.
Se dirige al baño de su habitación y se quita su ropa con lentitud frente al espejo viéndose en ropa interior y despreciando su existencia; todo en ella le causa asco, menos la sangre en sus rodillas. Deja de observarse y procede a lavar la sangre de sus manos para terminar de desnudarse y, una vez en la ducha, ver correr en el agua el bonito color rojo que tanto quería conservar. Al terminar de ducharse, busca entre su ropa algo que la haga lucir menos mediocre, pero no encuentra nada nuevo, solo la misma ropa de siempre; algunas prendas ni siquiera le quedan y otras están tan desgastadas que Niso asegura, se romperían con siquiera tocarlas. Saca un vestido de boleros negro que parece gris por tantas lavadas que han removido su color original y que llega más abajo de sus rodillas; peina su cabello castaño en dos trenzas a cada lado de una forma desordenada y desinteresada, pues le importa poco el cómo pueda llegar a lucir. Por último, la pequeña se acuesta sobre su cama y se queda dormida.
Horas después, despierta por el rugido del motor gastado y oxidado perteneciente al auto de su madre y se levanta casi de inmediato para corroborar que sea ella quien se va, corriendo la cortina y dando un pequeño vistazo. Efectivamente, su madre arranca con toda la velocidad que esa chatarra a la que llama auto puede alcanzar y se alegra, se alegra como siempre cuando sus padres no están en casa. Corre emocionada y sale de la habitación; baja las escaleras casi dando saltitos y se dispone a preparar un emparedado de queso y mantequilla, pues poco más hay en su nevera, mientras cruza por su mente la idea de conocer la casa en la que lleva poco tiempo viviendo y la que, de hecho, aún no se encuentra amoblada del todo, pues llevan poco más de dos semanas de haberse mudado a aquel vecindario que para sus padres era mucho mejor, pero para ella seguía siendo el mismo infierno en la tierra.
Dando mordidas a su emparedado de vez en cuando, emprende su exploración por el lugar, comenzando por la puerta de madera algo desgastada y llena de humedad que hay bajo las escaleras, aquella que Niso imagina dirige al sótano de la casa, pues todas las casas de ese tipo tienen uno. Gira la perilla con cautela rogando que no estuviera cerrada con llave, pero esta se abre de inmediato y Niso siente una corriente de aire helado golpear su rostro al punto de hacerla estremecer. Traga grueso deteniendo su respiración y, con una parte de su ser pidiendo a gritos no bajar, decide hacerlo, entrando al sótano y cerrando la puerta tras de sí.
Todo permanece en completa oscuridad; Niso observa sus pies mientras baja cada escalón con lentitud, vigilando no tropezar y acabar con su vida de la forma más tonta posible. Con cada paso los escalones de madera vieja rechinan, cosa que logra sobresaltar a la nerviosa niña cada cierto tiempo hasta que llega por fin a la parte final de las escaleras. Respira de forma lenta y pesada sin poder ver casi nada y sintiendo el aire extrañamente cargado, situación que no duda en atribuir al polvo o al clima helado del lugar; da pasos inestables y temerosos, casi cegados por la poca luz del espacio producida únicamente por una pequeña ventana cubierta con una cortina de velo blanco. Al ver a su alrededor, observa un montón de baratijas que, estaba segura, no eran de sus padres, sino de los anteriores inquilinos de la casa, quienes prometieron volver por dichas cosas, pero jamás aparecieron por allí luego de eso. En el centro de la habitación, Niso ve un objeto alto y cubierto por una negra tela gruesa que se alza sobre ella y destaca de todo lo demás, tanto así que la obliga a acercarse con curiosidad, aunque de forma lenta y medida, a descubrir lo que hay allí.
Niso, estando lo suficientemente cerca, toma con sus manos algo temblorosas, frías y sudorosas, una parte de la tela; hala de ella con cuidado provocando que esta se deslice por el objeto hasta caer al suelo, levantando mucho polvo y dejando a la pequeña frente a su reflejo plasmado en un espejo, un espejo alto y elegante que parece casi nuevo de no ser por la madera carcomida por las termitas, pero que no tiene ni un solo rayón o una sola mancha en el cristal. Niso se queda unos segundos absorta, viéndose a sí misma y sintiendo su sangre calentarse en ira, odio y dolor. Su mirada se posa en el marco del espejo y se sorprende cuando ve unos garabatos que parecen nombres tallados en la madera del mismo; se acerca para poder ver mejor, pero no logra identificar si lo son o no debido a la poca iluminación. Vuelve a enfocarse en su reflejo, pero se lleva un susto de muerte que la hace tropezar consigo misma y caer al suelo cuando no es ella reflejada en el mismo, sino otra persona, otra niña.
Niso se arrastra por el suelo y retrocede, aún aterrada y con la respiración agitada, tragando en seco e incapaz de apartar la vista del espejo, o más bien, de la niña que la observa a través de él. Ella es completamente diferente a Niso, aunque de la misma estatura y contextura física, además del mismo color de piel, la niña en el espejo es la versión que Niso siempre ha imaginado ser de sí misma: luciendo una sonrisa sincera y alegre que va desde un extremo a otro de su rostro, con un vestido pomposo de flores, brillante y con muchos colores; su cabello negro completamente libre a disposición del viento, adornado con algunas mariposas; un rostro angelical de ojos claros, nariz pequeña, labios rosáceos y, por ultimo, un aura de inocencia, alegría y dulzura que Niso jamás había visto y que provoca en su corazón una llama cálida a la que no puede darle nombre.
La niña arcoiris, como la llama Niso al no conocer su nombre, luego de haber observado a Niso con extrema curiosidad pero ni una gota de miedo, suelta pequeñas risas divertidas y le pregunta quién es mientras comienza a mecer su cuerpo de atrás hacia adelante, en un acto infantil. Niso, aún en el suelo, le dice su nombre y devuelve la incógnita, a lo que la pequeña casi grita su nombre con emoción y Niso se pregunta si acaso su nombre, Niris, se debe a la unión de “niña arcoiris” pues, aunque nunca había visto uno, estaba segura de que lucía igual que ella. Se levanta del suelo y se acerca con lentitud poniéndose frente a Niris a través del cristal. De repente, ésta le pregunta a Niso acerca de sus ojos y porqué no los tiene, a lo que Niso se sorprende y toca el lugar donde deberían estar sus ojos, y efectivamente están, justo en su lugar. Algo de molestia se instala en Niso pensando que Niris se burla de ella, pero luego de preguntarle a qué se refiere, se da cuenta de que Niris, en lugar de sus ojos, ve dos hoyos oscuros en su rostro.
Ambas niñas, dejando de lado lo extraño e irreal de la situación, conversan entre ellas de múltiples cosas que provocan infinidad de expresiones en ambas, desde sorpresa, curiosidad y miedo, hasta una que otra sonrisa melancólica y demasiado anhelo, este último de parte de Niso, quien durante toda la charla anhela ser Niris como nunca ha deseado nada en su corta vida, pues el estilo de vida perfecto y el mundo maravilloso en el que vive la pequeña niña arcoiris es para Niso una realidad celestial. Niris habla sobre su mundo ideal lleno de colores, música, baile, risas, fantasía, nubes de algodón de azúcar, animales que hablan, un clima dispuesto para cautivar y personas solidarias y amorosas que solucionan todo a base de buena comunicación y cordialidad. Ese mundo al que Niris pertenece, Niso no puede siquiera imaginarlo, pero su corazón ruega por vivir en carne propia todo aquello que sus oídos escuchan. Niris le cuenta también sobre sus padres y cómo está conformada su familia que, no está de más recalcar, es también perfecta: una madre fuerte y sensible, un padre cariñoso y paciente, además de un abuelo y una abuela, tíos y tías, primos y primas, e incluso mascotas; todo un círculo fraternal de paz y unión.
Niso, por el contrario, y cuando Niris le pide hablar de ella, no le cuenta todo su infierno, pues solo acabaría por ensombrecer dicho momento de ensoñación, pero tampoco le dice mentiras, solo disfraza la realidad hasta el punto de hacer creer a Niris que su mundo no es tan caótico y maligno como en realidad es. Entre muchas cosas, le dice que no siempre hay un sol latente, pero que se disfruta de días lluviosos en los que puedes jugar con los charcos de agua; que no hay baile y risas, pero sí unos cuantos demonios que disfrutan de jugar al escondite de vez en cuando y otros que se pasan el tiempo en cosas ridículas e innecesarias. Finaliza con la idea de que nada es tan perfecto y maravilloso como en el mundo de la niña arcoiris, pero que todo suceso, por muy caótico y doloroso, es real. Al terminar, Niris se encuentra más que curiosa por todo lo que Niso le ha contado sobre su mundo y desea saber más, pero el tiempo se les agota a ambas, prometiendo seguir encontrándose en el mismo lugar y a la misma hora frente al espejo. Es así como, entre más pasa el tiempo, más se conocen Niso y Niris, relatando diferentes cosas sobre ellas y viajando con su mente al mundo de la otra para vivir la experiencia ilusoria de lo que serían sus opuestos. Sin embargo, es Niris quien siempre habla la mayor parte del tiempo, mientras que Niso se deleita escuchando y al mismo tiempo pensando en cómo modificar parcialmente sus historias de terror diarias para no oscurecer los ojos de su primera y única amiga.
Luego de varias semanas conociéndose, en un día cualquiera para ambas, Niris le confiesa a Niso haber descubierto cómo cambiar de vidas y vivir en el mundo de la otra sin necesidad de tener que imaginarlo, a lo que Niso se queda estupefacta y no emite palabra. Sin embargo, luego de un rato, ni siquiera le pregunta cómo pueden hacer tal locura, sino porqué desea hacerlo, aun cuando sus mundos distan tanto uno del otro, en todos los aspectos. En la cabeza de Niso no cabe que Niris, viviendo en un mundo perfecto del que ella jamás saldría, quiera conocer su infierno solo por curiosidad y para su entretenimiento, pues dicho con sus propias palabras, desea jugar con los demonios a las escondidas y saltar en los charcos de agua que deja la lluvia. Niso, a pesar de saber que su realidad está disfrazada, se reserva la verdad y, en lugar de eso, se interesa por saber cual es la forma mencionada por Niris para cambiar de vidas, a lo que esta responde: “¡El espejo, el espejo es la forma!”.
Niris no está en lo absoluto segura de lo que dice, pero tampoco lo duda, y aunque Niso piense que es una completa idiotez, no se atreve a romper con la ilusión de la niña arcoiris, la cual se ha convertido también en la suya propia. Luego de una larga explicación sobre lo que deben hacer, unas condiciones pactadas por ambas en las que se estipula con mayor importancia volver a sus vidas en un lapso de dos semanas y un juramento inventado por Niris, ambas niñas cierran los ojos, unen las palmas de sus manos a través del cristal y repiten al unísono palabras como “deseo ser…” o “quiero cambiar de cuerpo con…”, para después no sentir absolutamente nada, o es lo que creen.
Niso abre los ojos, pero no es su lado del espejo lo que ve, sino el de Niris. Tampoco es su sótano el que la rodea, ni su ropa típica y rasgada las prendas que la visten, tampoco es de noche y no es su habitación; todo, absolutamente todo le pertenece a Niris. Al otro lado del espejo, Niris la observa con sorpresa, emoción y una gran sonrisa en el rostro; Niso no puede evitar fijarse de más en esa sonrisa, ya que a pesar de que lleva su ropa, de que no hay luz del día, de que la rodea un sótano frío y desolado, la niña arcoiris sigue siendo Niris. Ninguna de las dos puede creer que aquella idea, que para Niso era de lo más tonta, haya funcionado, y luego de que Niris comentara que sigue viendo dos hoyos negros en el rostro de Niso, lo cual no deja de extrañar a esta última, ambas se despiden para comenzar a vivir por dos semanas la vida de la otra.
Los días van pasando y para Niso, todo es maravilloso. La vida de miseria y abusos, tristeza y dolor que llevaba antes, fue reemplazada por éxito y amor. Sus escasos bienes materiales se convirtieron en excesos, su comida ya no estaba podrida y tenía gran variedad de alimentos entre los cuales elegir, además de disponer de la protección de dos padres que no la ignoraban, golpeaban y menospreciaban. Por otra parte, para Niris la historia estaba siendo completamente diferente, porque en realidad nada era como Niso le había mencionado, y si aquel mundo cruel era la realidad, Niris deseaba con desesperación volver a su fantasía. En el poco tiempo que llevaba y debido a su comportamiento extrovertido y diferente, sus padres habían decidido aumentar la violencia en todos los sentidos de la palabra. En la escuela los compañeros la molestaban tanto física como verbalmente; nadie la escuchaba, sus padres la ignoraban y dejaban sin comer durante todo el día con no más que algunas frutas y comida descompuesta. Luego de una semana, Niris ya no era la misma; sus ojos ya no brillaban y su mirada no resplandecía, su sonrisa de labios rosáceos ahora era una línea recta de carne pálida; sus saltitos juguetones al caminar ahora eran pasos lentos y dolorosos. Dos semanas, ese fue el tiempo que duró el infierno para Niris, sin saber que pronto se convertiría en una eternidad.
El día de cambiar de realidades de nuevo había llegado y Niris se encontraba en el sótano desde hace más de dos horas esperando por Niso, quien apareció frente al espejo cinco minutos tarde luciendo y actuando como otra niña completamente diferente a la que Niris alguna vez conoció. Su expresión antes lúgubre ahora era alegre y deslumbrante, sus ropas brillaban tanto como su piel y su aura parecía flotar sobre nubes; ya no había ojeras, ni heridas, ni cabello desordenado. A pesar de ello, Niris seguía sin poder ver sus ojos, y aunque sonara egoísta, nada la hacía más feliz, pues eso era una muestra de que Niso seguía siendo la misma. La niña arcoiris saludó como pudo a Niso y luego de conversar un buen rato como solían hacerlo, pero sin que nada se sintiera igual, le confesó que ya había sido suficiente, que no lo soportaba más y que quería su vida de vuelta. De pronto, la expresión alegre de Niso se tornó sombría y oscura; de su boca salieron palabras toscas disfrazadas de amabilidad por medio de una sonrisa forzada, palabras que dejaron helada a Niris en su sitio, temblando y queriendo gritar. "Yo también tuve suficiente. ¡No has vivido ni la mitad de mi infierno!, gritó Niso llena de odio y rencor.
Sin vacilar Niso se agachó, tomó una gran roca del suelo, la levantó con sus dos manos y la estrelló contra el espejo rompiendo este en miles de pedazos, pedazos con los que Niris se cortó las manos y las rodillas cuando se tiró al suelo a llorar; lloró mientras gritaba desconsolada debido a la ira, la desesperación, la desilusión y la tristeza, pero sobre todo, a la idea de vivir tal infierno durante toda su existencia. Y la condena se hace real; los años pasan y no queda nada de la niña arcoiris que una vez lo tuvo todo, pues no solo ha cambiado físicamente, de ser una niña a una adulta, sino también de ser un ser humano completo e integral, a convertirse en uno vacío, un ente incompleto y sin sentido que va por la vida ofreciendo lo único que esta le ha ofrecido durante tantos años: desprecio.
Se da cuenta entonces de que cada quien vive su propia realidad y la verdad no siempre es absoluta ni objetiva, porque en base a nuestros mundos se construyen nuestras verdades. Niris, al llegar a su hostal de paso en aquella ciudad de mala muerte en la que decidió vivir por el afán de deshacerse de sus “padres” y sus malos tratos, tira su bolso junto a sus llaves y enciende un cigarrillo mientras se lanza sobre el sofá. Al terminar de fumar, entra al baño y se ve al espejo, despreciando infinitamente lo que ve y pensando en romper el vidrio para no volver a verse más. Lo hace; sus nudillos terminan con cortes profundos debido al golpe y se dispone a sacar uno de los trozos de vidrio incrustados en ellos, viendo la sangre correr y pensando en lo horrible y despreciable que es el color rojo para ella, debido al dolor y la miseria que representa en su vida. Al darle un vistazo al espejo de nuevo, ve garabatos grabados en el marco de madera; se acerca y lee algo de lo que se alcanza a apreciar, descubriendo su nombre y el de Niso, junto a otros más, allí escritos. Carcajadas llenas de ira y dolor salen de su boca mientras acerca el trozo de vidrio a su cuello y va cortando lentamente, de un extremo al otro, la carne del mismo.
Demasiada sangre, demasiado rojo; su visión se nubla y le falta el aire, se ahoga con sus propios fluidos; sus piernas flaquean, palidece y su mundo da vueltas; da un traspiés y se desliza contra la pared del baño hasta quedar sentada en el frío suelo, esperando el fin de su vida sin siquiera anticipar que, al otro lado del espejo, en un mundo ideal y surrealista, una mujer hermosa y exitosa completamente contraria a ella, muere ahogada durante una cena familiar sin causa aparente, dejando un gran y eterno vacío en los corazones de la familia, quienes siempre recordarán a una Niris que era luz y murió siendo sombra, pero nadie a una Niso que no pudo librarse de su infernal destino.
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