Las sombras del ayer

    Bella ganaba más dinero que nadie a pesar de hacer los mismos trabajos que las demás señoritas. Esa noche estaba siendo en exceso especial, pues uno de sus más grandes clientes había pagado el triple de lo que recibía mensualmente por tenerla solo para él todo el tiempo que su apretada agenda le permitía. El haber tomado la decisión de pasar el rato con hombres en un bar de alta categoría a cambio de grandes cantidades de dinero no la hacía sentir orgullosa, pero tampoco le impedía dormir por las noches, pues al menos podía permitirse poner un plato de comida sobre su mesa cada noche. Luego de despedir al hombre y gracias a que este le pagó mucho más de lo que recibía en una noche, Bella dio por terminado su turno sin que nadie se lo pidiera; fue a la oficina de su jefe y le dio parte de su dinero ganado, luego pasó a la zona tras bambalinas para cambiar su ropa de trabajo por un conjunto de pantalón, camisa y bufanda con el cual se veía igual de hermosa y salió por la puerta del frente sin mirar a nadie, con la cabeza en alto y un cigarrillo en su mano, como era lo usual. 

    Caminaba con lentitud y tranquilidad por las solitarias calles de su barrio de clase alta, donde nadie se metía con nadie y todos pretendían ser amigos, pero todo era pura fachada, pues en silencio los vecinos mantenían una guerra estúpida por ver quién tenía más clase o dinero y no se molestaban en disimular su elevada prepotencia. Bella odiaba a ese tipo de personas, pero la gran ironía es que ahora ella se había mezclado con ellos, era parte de ellos, y eso la hacía odiarse aún más. Al llegar a su hogar, una casa grande y bonita que ni en sus más grandes sueños imaginó que tendría, sube los escalones de la entrada mientras abre su bolso para buscar las llaves y abrir la puerta, pero justo cuando las encuentra y las toma entre sus manos, un frío estremecedor provocado por el helado cañón de un arma que apunta directamente a su nuca recorre su cuerpo entero. No mueve ni un solo músculo porque su cuerpo no se lo permite; quien apunta el arma no ejerce demasiada presión, pero si la sostiene con la seguridad y la precisión necesarias para asustar a cualquiera. Bella conserva la calma que años rodeada de distintos peligros le han brindado y gira lentamente para ver a su asaltante, esperando que este no le dispare antes de que siquiera pueda ver su rostro. La sorpresa que se lleva se refleja en sus ojos color zafiro, los cuales se abren en grande cuando ve que su atacante no es más que un pequeño de siete u ocho años, que luce andrajoso y descuidado, demasiado delgado para su edad y sostiene una mirada gélida en su rostro que no demuestra nada más que vacío. 

—Abre la puerta, entra y cierra con llave de nuevo. No lo repetiré. —demanda el niño con una seguridad en su voz que deja a Bella sin palabras, pensando en que esa era, por mucho, la cosa más extraña que le había pasado hasta ese momento a lo largo de su vida. 

Sin embargo, algo no se sentía como los demás sucesos extraños que había vivido, había un sentimiento diferente que ella describió como dolor y tristeza. No planeaba averiguar si el niño sería capaz de disparar o no, así que hizo lo que el pequeño le pidió y, con toda la calma del mundo lo dejó entrar en su hogar. El pequeño se mantuvo de pie cerca de la puerta con el arma entre sus pequeñas manos, aun apuntando a su persona, mientras Bella no dejaba de observar la firmeza con la que sujetaba la empuñadura. El hecho de que el niño ni siquiera parpadeara o temblara al sostenerla y de que no haya encontrada nada en su mirada casi le quitó el aliento y le arrebató un gemido lastimero, pero en su lugar Bella suspiró y procedió a quitarse su bufanda y dejarla colgada en el perchero con total lentitud, todo bajo la atenta mirada del pequeño, quien no dijo nada al respecto. Ante su desconcertante inactividad, Bella se animó a intentar algo más, por lo que comenzó a acercarse con pasos lentos hacia él, pero el timbre de la casa la detuvo de inmediato cortando sus intenciones y dándole un buen susto. 

    La reacción del pequeño fue inmediata: se puso tan nervioso y alerta que inmediatamente apuntó hacia la puerta dando unos pasos atrás. Bella puso su mirada en él de nuevo y verlo en ese estado la obligó a preguntarse qué estaba sucediendo, pero sobre todo se preocupó, ya que incluso sus manos comenzaron a temblar, al igual que su labio inferior, y en sus ojos empezaron a acumularse lágrimas de absoluto terror, de las cuales no una sino varias se deslizaban por sus mejillas. Bella tragó fuerte y dio un paso hacia la puerta con la intención de acercarse, pero el niño apuntó de nuevo en su dirección, adoptando una mirada amenazante y una postura defensiva. Ella levantó las manos en señal de rendición y puso su dedo índice sobre sus labios indicando al pequeño que hiciera silencio. A pesar de que el niño siguió apuntando en su dirección, ella continuó avanzando hasta llegar a la puerta y observó por la mirilla de la misma: del otro lado pudo ver a dos hombres que tenían un aspecto similar al del pequeño; uno de ellos parecía mayor que el otro y lucían como familia debido a sus similitudes en cuanto al físico. No parecían estar armados, eso hasta que Bella logró visualizar el destello de un arma camuflada bajo la chaqueta de uno de los hombres.  

    Bella regresó su mirada al pequeño y con señas le pidió que le entregara el arma, a lo que el niño se negó rotundamente y se alejó aún más de la puerta y de ella, todavía apuntando en su dirección. Bella lo miró con lástima y algo de ansiedad, pero trató de mantener la calma y le susurró suavemente mientras se acercaba con lentitud: 

—Estás huyendo de ellos ¿verdad?, —el niño no dijo nada, pero en sus ojos se vio la respuesta, ya que su expresión se suavizó y sus hombros cayeron levemente—, déjame ayudarte, eso era lo que buscabas desde el principio, ¿no? 

    A Bella no le gustaban los niños, pero ver a ese pequeño en aquel estado removió algo dentro de ella que hace mucho creyó haber perdido: su humanidad. El pequeño se rindió y le entregó el arma dubitativo mientras aguantaba las ganas de sollozar. Por su parte Bella no dudó ni un segundo: disparó a la puerta provocando que los dos hombres se pusieran alerta de inmediato.

—¡Quiero que salgan de mi propiedad, ya llamé a la policía y no dudaré en disparar! —advierte ella con fuerza. Los dos hombres sueltan una maldición y el más joven agarra la chaqueta del mayor e intenta llevarlo consigo casi obligado, pero este no da su brazo a torcer. Saca el arma de su chaqueta y apuntó hacia la puerta diciendo: 

—¡Sabemos que el niño está adentro. Deje que salga y su vida no correrá ningún peligro, señora! —amenazó el hombre con un tono áspero y crudo. Aquella voz le dio a entender a Bella que no estaba jugando y que si no dejaba salir al niño, ese hombre sería capaz de entrar a la fuerza, matarla y llevarse al pequeño. 

En ese momento su mente se puso en blanco y se preguntó por qué estaba pensando en salvar la vida de un niño al que apenas conocía. Sin embargo, no obtuvo respuesta, solo sentía que no podía dejar ir al pequeño con aquellos dos hombres cuyo aspecto demostraba que no eran una familia funcional en lo absoluto, ¡tal vez ni siquiera eran familia del pequeño!. Peligro, esa era la única palabra que pasaba por la mente de Bella al ver a esos dos hombres, y cuando sintió la pequeña mano del niño, helada, temblorosa y algo húmeda por el sudor tomas su mano, pudo confirmar que el pequeño quería hacer lo que estuviera en sus manos con tal de no regresar con ellos. Bella le sostuvo la mirada a aquellos ojos almendrados color avellana y tomó una respiración profunda antes de proceder con la decisión que había tomado: proteger al niño como fuera. 

—¡No sé de qué están hablando! —gritó ella con toda la seguridad que su voz temblorosa le permitió—. ¡Soy una mujer casada y tengo dos hijos; si no se van ahora voy a llamar a mi esposo y él no será tan benevolente!

—¡Ya vámonos Dallas, estamos perdiendo tiempo aquí y la policía está viniendo! —dijo el que parecía ser el menor de los dos, pero el otro hombre no estaba tan convencido y se dejó llevar por el enojo y la irritación, apuntando el arma en dirección a la puerta y disparando no solo una, sino varias veces. 

Bella no tuvo tiempo para lanzarse sobre el pequeño y cubrirlo con su cuerpo, pues el tiroteo la tomó por sorpresa y solo pudo agacharse mientras el estruendoso ruido de las balas y las cosas rompiéndose por todas partes le atravesaba los oídos. Su vista borrosa trató de enfocar al pequeño en medio de polvo, humo y ventanas rotas, pero cuando lo logró su corazón cayó al verlo, gimiendo y llorando con su carita humedecida por las lágrimas y sobre un charco de sangre que salía de su costado derecho. Sin pensarlo dos veces y escuchando a lo lejos el sonido de las sirenas de policía acercándose, gateó con rapidez hacia el pequeño e intentó cubrir con sus ropas la herida para detener la sangre; las voces de los hombres ya no se escuchaban, por lo que supuso que habían escapado, y lloró, lloró tanto al ver en las situación en la que había terminado el pequeño aun cuando ella tomó la decisión de protegerlo. Lo abrazó con una fuerza casi sobrehumana mientras un llanto desgarrador salía desde el fondo de su ser, y se preguntó porqué lloraba, desde hace cuánto tiempo no derramaba tantas lágrimas y cuándo fue la última vez que tuvo éxito en proteger a alguien. Al cabo de unos minutos que se sintieron eternos, las tranquilas calles del barrio fueron ocupadas por dos autos de policía, una ambulancia y mucha gente alrededor chismeando y queriendo saber lo que sucedió. 

Los policías entraron primero y al verlos en aquel estado hicieron el llamado a los paramédicos, quienes no dudaron en revisarlos a los dos. Bella les hizo saber que no estaba herida de gravedad, pero que el pequeño tenía una herida de bala muy profunda y necesitaba atención inmediata. Los paramédicos se enfocaron en él y Bella solo podía observar cómo lo atendían, rezando por primera vez a aquel Dios con el que casi nunca hablaba para que el pequeño pudiera salir vivo de aquella situación. Luego de ser revisada por uno de los paramédicos a pesar de no tener heridas graves y de que le dieran un vaso de té para calmar sus nervios, la policía se dispuso a interrogarla y ella respondió todas las preguntas que debía sin apartar los ojos del niño, ofreciendo su completa disposición para ayudar con la investigación y que así pudieran encontrar a quienes la atacaron. Una vez la policía dio por terminado el interrogatorio, Bella vio que el cuerpo del pequeño estaba siendo llevado sobre una camilla directo a la ambulancia, por lo que no lo pensó dos veces antes de correr tras él y los paramédicos y subir a la ambulancia, dispuesta a acompañar al pequeño al hospital y pasar allí el tiempo que fuera necesario hasta saber que estaba bien. 

Al llegar al hospital, pasaron horas de cirugía antes de que le dieran las noticias a Bella. La bala había atravesado un órgano vital y el niño perdió mucha sangre, por lo que el proceso de cirugía fue largo y el de recuperación lo sería aún más, pero cuando la doctora le dio la maravillosa noticia a Bella de que todo había salido bien durante la operación, Bella no pudo hacer otra cosa que dejarse caer sobre sus rodillas y agradecer, con lágrimas en los ojos, porque por una vez en su vida sus ruegos habían sido escuchados. No lo fueron cuando sus padres fueron asesinados, no lo fueron cuando las muchas familias adoptivas que tuvo la maltrataron, y no lo fueron cuando la vida la golpeó incontables veces, pero al menos lo fueron para salvar la vida de aquel pequeño que tanto necesitaba una segunda oportunidad. 

Pasaron tres semanas cuando le dieron la noticia de la pronta recuperación del pequeño, cuyo nombre era David. Se enteró de esto y de otros detalles gracias a la información que le proporcionó la policía: era un niño huérfano que fue criado en las calles, al igual que ella, y era usado por una banda de maleantes para hacer los trabajos sucios a cambios de unos pesos insignificantes o un plato de comida. El pequeño recibió mucho maltrato y también abusaron de él un par de veces, información que Bella no fue capaz de escuchar sin sentir náuseas y deseos de que atraparan a esos dos demonios cuanto antes. Gracias a esta información pudo entender muchas cosas, como porqué nunca sintió miedo realmente cuando el pequeño la amenazó con el arma, porqué no sabía cómo pedir ayuda, y porqué se sentía tan identificada con esa mirada vacía y aterrada. Bella era todo lo que el pequeño tenía, y por solo momentos, aquel pequeño fue el nuevo comienzo que Bella siempre deseó. 

Cuando David despertó de su inconsciencia fue tomado bajo protección infantil y fue Bella quien se encargó de todos los gastos del hospital. Cuando le contaron lo que sucedió, no pudo evitar recordar el nombre de aquella mujer, esa que lo miró con tristeza en lugar de terror y que salvó su vida; pidió verla solo para poder agradecerle, pero la policía le dijo que lastimosamente no podría volver a verla porque ella se había ido de viaje. David no hizo más preguntas ni peticiones; a pesar de que no volvió a ver a su salvadora, siempre la recordó como a un ángel que llegó a su vida para cambiar su destino, y el día que pudiera verla de nuevo, lo primero que haría sería disculparse. Al cabo de días, David fue adoptado por una buena familia que Bella, con ayuda de protección infantil, se encargó de encontrar para él, una que le diera lo que nunca tuvo y lo que merecía, pero especialmente una que pudiera llenar sus ojos de luz. Junto con la policía, Bella fue la mujer más dichosa cuando por fin dieron captura a los dos hombres que la atacaron y que tanto daño le hicieron al pequeño, dándoles a ambos una condena lo suficientemente larga como para que pagaran por todo. Por su parte, Bella no se fue de viaje, simplemente no veía necesario que el niño la recordara, no a ella, pues ella hacía parte de su antigua y dolorosa vida. En lugar de eso, deseaba que recordara su nueva vida: a sus nuevos amigos, sus nuevos padres, su nueva escuela; deseaba que recordara lo que sería parte de su brillante futuro; el pequeño que le dio fin a aquella vida desgraciada que solo la estaba consumiendo durante años no se merecía menos. Por otro lado, Bella cambió de ciudad, buscó un nuevo trabajo y la paleta de colores de su vida pasó de ser fría a cálida, pero más importante aún, nunca se olvidó de aquel pequeño que enderezó su retorcido mundo sin siquiera pretenderlo y que convirtió sus propios demonios en sombras del ayer. 

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